Uno de los fenómenos más destacados de esta larga campaña electoral está siendo el uso de formatos de entretenimiento por parte de los políticos. Hemos visto a Mariano Rajoy (y a su hijo) comentar partidos de fútbol, a Pedro Sánchez confesando sus ligues a Bertín Osborne, a Albert Rivera en una carrera de karts, a Pablo Iglesias tocando la guitarra o a Soraya Sáenz de Santamaría al más puro estilo Indiana Jones-Calleja.

Los análisis que encontramos en los medios sobre esta tendencia se mueven desde el entendimiento, concibiendo la televisión y el entretenimiento como un canal más, y lícito, con el que llegar a los ciudadanos; a la crítica, donde parece abominable sustituir el análisis, el debate sesudo, el intercambio de ideas políticas, por Don´t Stop me Now o El Mantón de Manila.

Lo cierto es que, desde el punto de vista estratégico, la apuesta por el entretenimiento es increíblemente rentable.

  • Acerca al candidato a un público que ve a los políticos como seres lejanos, casi robóticos. La cercanía permite la identificación con el receptor y la humanización del político, lo que se traduce en una palabra fundamental para echar una papeleta a una urna: empatía.
  • Sustituye la razón por las emociones. Es una consecuencia del punto anterior cuando se lleva al extremo. El fenómeno de la empatía no es un acto racional, sino basado puramente en emociones. El ciudadano conecta con el candidato porque siente lo mismo que él. Se trata de un juego mucho más cómodo, que requiere de un candidato preparado para jugarlo, pero no de propuestas sólidas y fiables.
  • En un mundo en el que gran parte de las políticas dependen de arriba (organismos internacionales) o de abajo (comunidades autónomas) los partidos tienen menos margen de maniobra a la hora de diferenciarse a través de sus programas sin caer en la promesa imposible de cumplir.
  • Aprovecha el potencial de la televisión. No nos engañemos, los debates y análisis sesudos tienen menor audiencia que el programa de Bertín o el de María Teresa. Las televisiones lo saben y los candidatos lo saben. Acudir a un programa de entretenimiento significa llegar a una audiencia potencial infinitamente mayor que la de cualquier mitin.

Hay muchas otras razones. No pretendemos ser exhaustivos sino demostrar la excelente rentabilidad política de la apuesta por el entretenimiento. Y aunque esta apuesta banalice en cierto modo la política española, lo cierto es que proliferan, y hay hueco para, formatos, medios y canales de todo tipo.

Es cierto que Albert Rivera le echa una carrera a Pablo Motos, pero también contesta a Ana Pastor en El Objetivo. Es cierto que Pablo Iglesias se desmelena con Ana Rosa Quintana, pero también contesta a las preguntas de Pedro Piqueras. Todos ellos llevan semanas acudiendo a todo tipo de espacios. Y no sólo en televisión, por cierto. Porque si algo pone de acuerdo a analistas y expertos es la sobreexposición de los políticos. Llevamos un año de campaña electoral… y aún faltan unas semanas.

Menos mal que, al menos, lo hacen entretenido.

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